lunes, 30 de diciembre de 2013

Pedacitos...


Pedacitos...

No sé si a lo largo de vuestra vida os habrá ocurrido que conoces a una persona, que sin ninguna obligación, te envuelve en si misma, te entiende, te mima, te abraza, te calma.

A mi  ¡SI!  me ha pasado.

Esa persona tiene la habilidad de aparecer cuando no estás en tu mejor momento, parece que tuviera un detector de tu estado anímico, y casi de la nada, aparece a tu lado. Te hace sentir bien, porque te escucha y no te juzga, porque se da por completo, sin reproches, sin preguntas.

Esa persona me conoció hace tiempo hecho pedazos, y ella se encargó de ayudarme a volver a encajarlos, se convirtió por un tiempo en el pegamento que juntaba los trozos. Hasta que esos trozos soldaron por si solos, y de una forma natural,  sin preguntar y sin reproches, se alejó. Respetando mi espacio, respetando mis decisiones.




El tiempo, y mi estado anímico, han traído de nuevo a esta persona a mi vida, sin estridencias, sin ruido, como de puntillas.

De repente ahí estaba, escuchándome, entendiéndome, dándose. En esta ocasión escrutaba las soldaduras, por si había algún trozo que se pudiera soltar, y  asegurándose de que toda mi persona estuviera bien, dejando un poco de su pegamento  en aquellas juntas que necesitaban afianzarse.

El caso es que en las dos ocasiones, esta persona, además de unir mis pedacitos, me ha hecho sentir afortunado por contar con ella. Porque me ha enriquecido, por todo lo que me ha aportado, y porque sin que se diera cuenta, me ha dado lecciones de vida.

Espero que no le haga falta, pero si fuera el caso, desearía poder darle tanto como ella me ha dado a mi. Que sepa que puede contar conmigo, aunque esté lejos, aunque no hablemos, aunque no nos veamos. Y hacerlo sin estridencias, sin reproches, sin preguntas. Solo pedacitos de amor, de amistad y de cariño en estado puro.