jueves, 14 de marzo de 2013

Desde el interior



A lo tonto un día como cualquier otro, de repente, noto que me asalta  una angustia vital tremenda, un ataque de ansiedad inexplicable.


Me apoyo en la barra de un bar. Me pido un café, solo por tener sensación de normalidad. Empiezo a pensar que se me va la vida, que no tengo tiempo de experimentar todas las cosas que  me gustaría, que no voy a poder viajar a todos los rincones pensados, que tal vez dentro de pocos años no podré vivir la vida como a mi me gusta. Es decir, sacándole provecho, gastándola, intentando retener los momentos vividos, anécdotas, personas, caras, amores....




Una sensación horrible. ¿Porque? ¿Porqué pienso eso? ¿Porque me vienen esas cosas a la cabeza?. Así, sin mas, de repente, sin aviso.

No lo sé, pero cuando la angustia se aleja poco a poco, me entran todavía mas ganas de vivir, de estrujar esta vida, la que me ha tocado. De no desperdiciar el tiempo que me queda, sea mucho o poco. De retener en la mente imágenes que me gustaría llevarme a la tumba. Me entran unas ganas irrefrenables de hablar con mis seres queridos. De abrazarles, saborearles, rozar mi piel con la suya.

Todo eso me hace sentir vivo. Muy vivo. Y tal vez, a medida que uno va cumpliendo años, experimenta sensaciones que nunca había tenido, porque por muy activo que uno se mantenga, hay alarmas biológicas que se encargan de decirte, de recordarte GRITANDO que solo tenemos una vida, ésta, y hay que aprovecharla. Que nuestra cuenta atrás se inició el día que nacimos y debemos, aunque solo sea de vez en cuando, recordar que tenemos fecha de caducidad. Y si no hacemos caso nuestro cuerpo nos lo recordará, algunas veces con alarmas sutiles, y si las ignoramos, con señales mucho mas fuertes, como para que no pasen inadvertidas.

Gracias a dios, esto, solo me pasa de ciento en viento, por que sino me volvería loco. Mientras, en el intervalo entre un episodio y otro, voy viviendo.... Malamente.